martes, 31 de agosto de 2010

Poblaciones Mineras fallecidas en la Provincia de Huelva III. (Por Antonio Perejil Delay)


La Atalaya.

De todos los poblados mineros desaparecidos en la geografía onubense, La Atalaya ocupa el segundo lugar en importancia, después del pueblo viejo de Minas de Riotinto. Los orígenes de este poblado se remontan a los años 1887-1888, donde aparece ya como barrio del pueblo matriz, con 257 edificios y 823 habitantes. La finalidad de este barrio era albergar a los numerosos obreros que trabajaban en la explotación subterránea de la masa San Dionisio. Inicialmente las casas estaban bastante retiradas, a poniente de las labores de extracción, pero cuando se inicio el desmonte de la gran corta a cielo abierto, a partir de 1907, el poblado quedó practicamente al filo de esta explotación. Y así se mantuvo durante muchos años , hasta 1970 en que se amplió la Corta y hubo que destruirlo totalmente un año mas tarde. Ya en la última década de supervivencia, venían observándose claros síntomas de deterioro, pues su escasa proximidad a las labores, unido al arranque con voladuras cada día mayores, hacía que se produjesen con bastante frecuencia roturas de cristales, así como grietas en los tabiques y en los cielos rasos de las casas.


Panorámica de la Corta Atalaya, en la cual puede contemplarse en el ángulo superior derecho, el poblado de "La Atalaya", antes de su desaparición.

El mayor índice de crecimiento de La Atalaya se produjo sobre 1910, cuando la explotación de la corta a cielo abierto alcanzaba sus mayores cotas de prosperidad. El número de habitantes ese año (1.472) casi duplica la población de 1888. Pero en cambio no se observa el mismo ritmo de crecimiento de viviendas, que suman 305 frente a las 257 de 1888. Lo cual hace suponer que durante esa década los moradores de esta barriada, convertida en Aldea de Riotinto años más tarde, vivirían más hacinados que sus predecesores.


Vista parcial de "La Atalaya", en la parte occidental de la corta a cielo abierto.

Las viviendas de la parte Norte estaban dispuestas en sentido Este-Oeste; y las de la parte Sur , en sentido perpendicular a aquellas. En el cuadrante noroeste había una plaza pública. En 1960, diez años antes de su total despoblamiento, La Atalaya tenía 994 habitantes. En la actualidad pueden verse todavía las fantasmales ruinas de esta aldea, presidiendo el filo oeste de la Corta (ya inactiva), que durante muchos años fue la mayor explotación a cielo abierto del mundo.

lunes, 23 de agosto de 2010

León Brázquez y su artículo del Nervae 2010, en La Factoría.

El periodista nervense y colaborador especial de La Factoría, Juan Carlos León Brázquez, ha participado como cada año en la revista Nervae con un interesante artículo dedicado a la historia del pueblo nervense, en su 125º aniversario como villa. En "Nerva del río Tinto, Villa de la Libertad. NOMBRES PARA UN PUEBLO", León Brázquez hace un recorrido histórico por los diferentes nombres del pueblo hasta llegar al actual de Nerva.

Una nueva colaboración del periodista Juan Carlos León Brázquez hace posible que en breve podamos leerlo también aquí, en La Factoría, por lo que queremos mostrarle desde aquí nuestro más sincero agradecimiento.

sábado, 21 de agosto de 2010

LA CHAPARRITA: de negocio minero modélico a fracaso empresarial (1856-1910). Por Iván Carrasco (I )

A medida que se hacía patente el agotamiento de los minerales más ricos, se hicieron habituales las entresacas o labores de rapiña, para recuperar el mineral de alta ley abandonado como sostenimiento en los pilares y entrepisos, Esto provocó hundimientos que condujeron al replanteo del laboreo.

Como el mineral se encontraba a poca profundidad, en 1870 se decidió comenzar las labores a cielo abierto, abriéndose una pequeña corta en el extremo noroeste del yacimiento, coincidiendo con la zona de mayor potencia de la masa. Esta corta se mantuvo activa durante 16 años, aunque lo producción anual nunca alcanzó las 1000 t. obteniéndose un máximo de 865 t en 1882. Un año antes trabajaban en la mina 56 mineros.

El consultor Valat examina una muestra ante el director Constantine Fernau y otro personaje. Un minero observa desde la penumbra del socavón de desagüe (MCN. 1907).

La fracción rica del mineral extraído, se trataba por fundición directa en la propia mina y la pobre por calcinación al aire libre, lixiviando posteriormente los residuos con aguas agrias y precipitando el cobre por cementación en los canaleos.La cáscara obtenida, se refinaba en la fundición, Finalmente, los torales de cobre fino se transportaban a lomo de caballerías hasta Sevilla. Estos productos tenían gran aceptación en la capital andaluza por su excelente aplicación en trabajos de calderería.

La Estadística Minera muestra como en 1884 La Chaparrita, con una pequeña producción de 527 t, ocupaba un puesto de mayor importancia entre las minas productoras de cobre fino de Huelva, superando incluso a su vecina Peña del Hierro. La ley media del mineral ese año sobrepaso el 6%.

Con el tiempo, la riqueza del mineral y la pureza del cobre producido, contribuyeron a forjar la reputación de La Chaparrita como "gran mina". Su cercanía a Riotinto, "la California del Cobre", hizo el resto para que la leyenda perdurase, aunque para entonces la masa estaba prácticamente agotada. En 1891, la mina estaba parada y solo 4 operarios se ocupaban en labores de exterior.

Entre 1855 y 1886, la producción de la mina totalizó 69.843 t lo que supone una media anual de 2.183 t. Esta cifra es engañosa dado que, como se ha comentado anteriormente, las producciones del cielo abierto durante la etapa de recuperación de pilares hacen descender la media global de los primeros años de explotación subterránea. Según algunos autores, de esta producción alrededor de 10.000 t alcanzaron una ley del 12 % en cobre, mientras que para el resto sólo era del 2 al 3 %.

A comienzos del siglo XX, en La Chaparrita se encontraban en superficie los restos de esa primera etapa de producción en forma de morrongos y piritas lavadas: En 1929, los geólogos de la compañía de Riotinto cubicaron estos acopios en 22.540 t. Pinedo Vara da una estimación ligeramente más al alza y aporta leyes: 30.000 t con un 43,71 % de hierro, un 30,28 % de sílice y un 1,3 % de azufre. La baja proporción de este elemento es consecuencia de la calcinación en teleras, en el que se perdía la mayor parte del azufre en los humos.


Mujeres ocupadas en la selección del mineral de alta ley. A la izquierda se observa la chimenea de la antigua fundición (MCN. 1907).

La Chaparrita finalizó sus días productivos como tantas otras minas de Huelva; agotado el mineral, se provocó la inundación de las labores, recojiéndose las aguas en el Socabón de Desagüe. Éstas, unidas a los lixiviados procedentes de los morrongos y los terreros, se condicían hacia la cementación para producir cáscara de cobre. Por este método, la mina estuvo dando entre 4 y 8 t anuales de cobre fino al menos hasta los primeros años del siglo XX. En este periodo, algunos azufrones de baja ley de la corta se depositaron en los terreros para someterlos a lixiviación. El director de la explotación era D. Manuel Piérola, vecino de Nerva y propietario de diversos permisos de invetigación en la provincia de Huelva.

martes, 17 de agosto de 2010

Cuando las piedras hablan: memoria de los mineros del manganeso en Nerva (1940 – 1971) (Por Francisco Alcázar e Ivan Carrasco)

-Tercera parte-

LA SÍLICA Y LA PIEDRA CARETA: UN EPÍLOGO AL MANGANESO
En la Cuenca Minera se desarrolló una pequeña minería vinculada a la metalurgia del cobre. La sílica (sílice) se empleaba como fundente para evitar que se cuajara la carga de los hornos. Mucha venía por ferrocarril desde las canteras de la Compañía en Niebla, pero no era suficiente, por lo que recurrían a contratistas para que suministraran la de los alrededores. Los filones de guijarros que aparecen en las pizarras proporcionaban una sílice muy pura, pero escasa. De otra parte, la piedra careta (jaspes) ligados a las mineralizaciones de manganeso ofrecían un material más pobre, pero más abundante.

El jaspe o la piedra careta es el mejor indicador de la proximidad de yacimientos de manganeso. También se explotó como fundente por su alto contenido en sílice. Foto: F. Alcázar/ I. Carrasco.

Entre las contratas que explotaron la sílica estaba la formada por Manuel y Arturo Albarrán. Se asociaron a D. Fernando Benjumea, comandante del ejército y sobrino de uno de los consejeros de la Compañía de Rio Tinto. Demarcaron varias concesiones de piedra careta sobre las antiguas de manganeso. En Nerva se explotaron de nuevo El Higueral y la Peña del Águila. Manuel Gallardo trabajó para ellos en esa época y nos cuenta alguna anécdota: “en la Peña del Aguila trabajábamos mi padre, José Palomo el guarda y yo. Ellos iban allí después de trabajar en la empresa y abrían los barrenos a punterola y maza. El material no tenía mucha ley, sobre un 65% de sílice, pero cuando no había otra cosa se metía mano a eso”.

En El Higueral sacaron piedra careta para sílica y otros usos: “construimos el depósito de El Ventoso con material sobrante del puente de la vía. Algunas piedras pesaban 300 ó 400 kg. No teníamos pala, así que las movíamos con dos traviesas y palancas. La arena la sacamos en el Riscal de los Gatos. Mi padre, José el Cabrero, el Cano Borrallo y yo abrimos un carril hasta allí a pico y pala. Fuimos marcándolo con una vara de adelfa de la anchura del camión”.

En las canteras de guijarros el trabajo era penoso. El polvo de la perforación podía provocar la silicosis. En La Aulaga había una cantera de los Ybarra de la que se sacó sílica: “fui con Albarrán un día a hablar con ellos para que nos dieran permiso para sacar piedra de allí. Sacábamos los guijarros a la carretera en bestias y Albarrán se lo llevaba en camiones”. También se llevaban piedra careta de una de las cortas de la mina de Peñas Altas. “Montamos otro molino en Fundición en un llano que nos dio la Compañía”. Un tal Barrenechea que vivía en la Mina del Castillo traía buen guijarro de una cantera de El Cañuelo. En Nerva surgió la figura del tratante que pagaba a los chiquillos un dinero por los guijarros que recogían en el campo.

La extracción de sílica duró hasta que la Compañía trasladó la Fundición a Huelva.


FUENTES CONSULTADAS

Bibliografía:

- Boletín Oficial del Estado (2 de enero de 1950). Núm. 2, p. 22.
- Carvajal, J.M. (2000). Crónicas y curiosidades de cuatro generaciones mineras. Huelva.
- Ferrero Blanco, M.D. (2000). Un modelo de minería contemporánea. Huelva: del colonialismo a la mundialización. Huelva.
- Pinedo Vara, I. (1963). Piritas de Huelva. Su Historia, Minería y Aprovechamiento. Madrid.
- Román, J.F. (2001). “Senderos de hierro y manganeso”. En revista Nervae. Ayuntamiento de Nerva.

Entrevistas personales:
Los autores desean agradecer la colaboración de las personas cuyos testimonios han sido fundamentales para la elaboración de este artículo y que se citan por orden alfabético. La experiencia humana de compartir unas horas con ellos ha sido lo más gratificante durante la preparación de este trabajo. Vaya pues dedicado a ellos.
D. Manuel Domínguez (73 años). Vecino de El Peral. Minero en Peña de Hierro. Su mujer Luisa era vecina de Portalegre.
D. Crisanto Fuentes (76 años). Vecino del Pozo Bebé. Trabajó 4 años en Mina Pepito como barrenista y en los hornos de calcinación de mineral.
D. Manuel Gallardo (76 años). Vecino de Nerva. Contratista. Se dedicó a la extracción de silica (guijarros y piedra careta) para suministrar a la Fundición Pirita de Minas de Riotinto.
D. Juan Gómez Alonso (78 años). Vecino de El Ventoso. Trabajó 9 meses en Mina Pepito como barrenista y cargador hasta su cierre.
D. Isidoro Sánchez Fernández (78 años). Vecino de El Ventoso. Trabajó 14 años en Mina Pepito como zafrero hasta su cierre.

sábado, 14 de agosto de 2010

Cuando las piedras hablan: memoria de los mineros del manganeso en Nerva (1940 – 1971) (Por Francisco Alcázar e Ivan Carrasco)

- Segunda parte-

LOS SUEÑOS DE FORTUNA DE UN FABRICANTE DE CARAMELOS
A comienzos de los años 40, la pequeña aldea nervense de Portalegre vivió su particular “fiebre minera”. En esta aldea, limítrofe con La Chaparrita y Peña de Hierro, vivían 11 familias. Había un casino conocido por Pepe Salas donde todos los sábados se celebraban bailes con orquesta. No eran tan populares como los del casino de Peña de Hierro a cuyos bailes acudía público de toda la Cuenca Minera, pero en Portalegre se reunía personal de Peña de Hierro, La Chaparrita, Los Ventorros y a veces incluso de Nerva.

Lisardo Otero era el propietario de una fábrica de caramelos que estaba en la calleja con la que actualmente hace esquina el pub Malacate. Conocedor de que cerca de Portalegre había indicios de manganeso, decidió probar fortuna. Lleno de ilusiones, invirtió todos sus ahorros en demarcar las concesiones, compró equipo y materiales, contrató una cuadrilla de unos 10 hombres y comenzó las prospecciones en el afloramiento más próximo a la aldea. Hicieron dos pozos gemelos que a poca profundidad dieron con una pequeña bolsada de óxidos. Los ánimos se exaltaron ante una empresa que prometía ser rentable.

Manuel Domínguez, minero de la Peña, nos habla de Lisardo: “Mi mujer lo conocía mucho, porque vivía allí [en Portalegre]. Él le decía: – Luisilla, como tenga la suerte de coger algo te pongo la luz eléctrica –. Pero no tuvo suerte. Allí estuvieron escarbando, se les fue todo el dinero y no consiguieron nada”. Lisardo se gastó lo poco que tenía. Finalmente, volvió a su negocio de caramelos y jamás volvió a embarcarse en ninguna aventura minera.

LA MINILLA DE ANTONIO DOMÍNGUEZ











Panorámica de la mina Pepito. Los hornos y las instañaciones del exterior están a la derecha. Las labores subterráneas se extendían hacia la derecha de la fotografía, donde hay un pozo de investigación. Foto: P.Alcázar/ I. Carrasco.


A mediados de la década de 1940 apareció por Nerva un calañés llamado Manuel Cáceres interesado en visitar la minilla de Pepito. Había sido denunciada en 1907 como mina de hierro con el nombre de “San Bartolomé” y llegó a constituirse una empresa, la Sociedad Minera de Nerva que inició las labores. Pronto resultó obvio que la mena principal del yacimiento era el manganeso, a pesar de que el yacimiento no tenía el característico afloramiento de jaspe. La minilla fue pasando por diversas manos hasta que finalmente quedó abandonada.

Experto minero, Cáceres reconoció las antiguas labores y en seguida se dio cuenta de su potencial. Actuaba por cuenta de un empresario onubense que poseía otras explotaciones de manganeso en propiedad o en arrendamiento: D. Antonio Domínguez Roldán. Durante muchos años, Pepito suministró el mineral de mejor calidad de toda la provincia. Las producciones no bajaron de 3.000 t/año. Teniendo en cuenta que él era también dueño de Soloviejo y que entre las dos minas aportaban más de la mitad del tonelaje producido en Huelva anualmente, es fácil entender por qué a Antonio Domínguez se le dio el apelativo de “rey del manganeso”.

Se construyeron edificios para las oficinas, una fragua, la carpintería, almacenes y el calentador (las duchas). En 1945 se iniciaron los trabajos de preparación y la primera producción se declaró en 1946. A finales de 1949 se autorizó la electrificación de la mina y se construyó una caseta para el transformador junto al compresor en el punto en que el pozo general rompía a la superficie. Por allí entraba la alimentación de aire y electricidad a las labores subterráneas.

El mineral se presentaba en vetas o filones que a veces ensanchaban formando bolsadas. Las galerías se abrían siguiendo estas vetas, utilizando dinamita. Se produjeron tres clases de mineral nombradas según su color. El negrito (óxidos) era el más rico, pero también el más escaso. Apareció mayoritariamente en los tres primeros pisos. Según Juan Gómez, barrenista y cargador, “era tierno, como los terrones de azúcar pero en negro y tiznaba como el cisco. A veces traía agujillas de mineral muy brillantes. Ese mineral se lo llevaban en sacos. [De niño] en Peñas Altas también vi recogerlo en saquitos de lona. Creo que era para los aceros especiales”.

La segunda clase era el rosao (carbonatos). Isidoro Sánchez, zafrero, nos la describe: “la piedra era rosa, preciosa. Tenía como unos diamantes… pero con menos ley”. A veces también se presentaba con aspecto blanco y terroso: “cuando yo empecé era el que más se buscaba. Era muy tierno”. Fue el tipo de mineral más abundante: apareció entre los pisos 4 y 12 y fue el que dio justificada fama de riqueza a la mina.

El carbonato necesitaba ser transformado en óxido antes de venderlo. Para este fin, se construyeron cuatro hornos de calcinación que se pusieron en marcha en 1954. Estaban cubiertos con tierra y estéril hasta la cámara superior por uno de sus lados (el que miraba hacia la plaza de escogido). Debajo estaba la cámara de combustión. Por el lado opuesto estaban las piqueras para cargar los camiones.

Crisanto Fuentes, barrenista, trabajó en los hornos cuando no había faena en el interior. “El mineral se introducía por una de las puertas y se quemaba con cepas de jara. Un hombre se encargaba de cargar el horno, mientras una pareja transportaba la jara desde el acopio. La jara la llevaban allí gentes con bestias que la recogían por el campo para vendérsela a la mina. Entonces apenas había monte por aquí y tenían que ir por ella muy lejos”.

Los hornos de carbonatos son una instalación singular en la minería manganesífera onubense. En los dos que mejor se conservan, aún se aprecia la piquera de descarga del mineral calcinado. La fotografía está tomada del lado donde se situaban los camiones de transporte. Foto: P. Alcázar/ I. Carrasco


El calcinado, de aspecto ceniciento, se sacaba del horno, se dejaba enfriar y se depositaba en las piqueras. Después se cargaba en camiones Pegaso que lo llevaban a Huelva. Los hornos fueron reduciendo su actividad a medida que se agotaban los carbonatos. A partir de 1953 sólo se encendieron ocasionalmente para calcinar algún resto de carbonato.

A finales de los 50, la demanda del silicomanganeso por la siderurgia fue en aumento. Antonio Domínguez Roldán aprovechó la coyuntura para formar una nueva empresa con dos de sus clientes: Manganesos de Huelva, S.A. La sociedad se centró en la explotación de la tercera clase de mineral: el tabacao (silicatos). Así vivió Isidoro el cambio de negocio: “Vino gente que bajó a la mina (…) y tomaron muestras. Desde entonces fue el que más se buscó. No lo dejaban caer al suelo: en seguida que salía iba a los camiones, ¡y para Huelva!”. Era marrón chocolate y aparecía en “filos (filones) pequeños que se iban buscando. Llegaban a 8 ó 10 m y se cortaban. [Entonces] bajaban los facultativos y decidían hacia dónde seguir hasta dar otra vez con él”.

El socavón principal tiene unos 50 m hasta el pozo. Hacia la derecha sale una galería que se utilizó durante un tiempo como polvorín. Pero tuvo que trasladarse porque las filtraciones de agua estropeaban los explosivos. El pozo general tenía 120 m de profundidad y comunicaba los 12 pisos de la mina. Era de sección cuadrada, no estaba revestido y la cuba iba guiada por cables. En el piso 12 había un contrapozo que conectaba con los pisos 14, 15 y 16 que se abrieron en la etapa de Manganesos de Huelva.

En la minilla trabajaba poca gente. En los mejores tiempos fueron unos 60, aunque después el número de obreros bajó hasta 40 y con el cambio de empresa, la plantilla osciló entre 20 y 30 trabajadores. En cada relevo había un winchista a cargo del pozo general y otro del contrapozo, una o dos parejas de zafreros, un corredor que llevaba las vagonetas desde el contrapozo hasta el pozo general, un barrenista, un cargador, vieros, rellenadores, entibadores, eléctricos, mecánicos, bomberos y el personal del exterior, las escogedoras y la gente de los hornos. Los tuberos venían de Soloviejo cuando eran necesarios. Había también un juramentado custodiando el polvorín y un administrativo. Cada relevo tenía un encargado.

El acceso a Pepito se realizaba por un socavón que llegaba hasta el embarque del pozo general. Las labores están inundadas en la actualidad. Foto: P. Alcázar / I. Carrasco.


La minilla también tuvo un aguador: un anciano con un burro y cuatro barriles que acarreaba agua de las fuentes de la zona hasta un depósito situado cerca del socavón, donde los mineros llenaban los barrilillos o las cantimploras que se llevaban al tajo.

En un principio la mina la llevaba el capataz Manuel Cáceres. Más tarde se incorporaron facultativos como D. Juan Flores, D. Domingo Sánchez o D. Juan Díaz y se hicieron cargo del interior, quedando el capataz sólo a cargo de los trabajos del exterior. En el relevo de la mañana se zafreaba, se barrenaba y se disparaban las pegas. A veces también se rellenaba, aunque eso se intentaba dejar para la tarde para evitar conflictos entre los rellenadores y los zafreros, pues ambos necesitaban hacer uso del pozo para transportar el mineral o la piedra.

Por las tardes era el turno de los rellenadores: transportaban la piedra mala en vagonetas para rellenar los huecos en los realces donde se había sacado todo el mineral. La parte alta de las galerías se terminaba de rellenar paleando a mano. De tarde se solía barrenar y disparar para que no faltara zafra para empezar el relevo de la mañana. También se ponían las vías para las vagonetas. De noche sólo quedaban los bomberos al cuidado de las bombas de desagüe.

El relevo de la mañana era de 7:00 a 15:00. Isidoro vivía en La Uceta, a unos 5 Km. de la mina. Todos los días iba y venía por la vía de la Peña. “Por las mañanas tenías que levantarte a las cinco y media y coger esa vía arriba para estar bajando a las siete”. La tarea de la pareja eran 60 vagonetas (unas 30 toneladas). “Si terminábamos antes, podíamos echar de 6 a 12 vagonetas más que nos pagaban a un precio especial”. Las deshoras se pagaban aparte. “Cuando sacábamos el tabacao no nos dejaban ni rascarnos las pulgas. Era más duro y cortaba mucho (…).Teníamos que echar 1 ó 2 horas más de la peonada”. Se trabajaba también los sábados, aunque en los últimos años esto sólo se hizo ocasionalmente.

El arranque se hacía con explosivos. Los barrenistas como Crisanto se encargaban de perforar las pegas, “primero con martillos pequeños, apoyándolos sobre los muslos. Al principio dolía, pero con el tiempo la piel se encallecía y ya no se notaba. Más tarde utilizamos perforadoras con pié de avance que hacían el trabajo más llevadero. El terreno era muy duro. Sonaba como el hierro al perforar”. El principal problema era el polvo, sobre todo al principio que se perforaba en seco. A raíz de una inspección de Jefatura de Minas, “se derivó parte del agua que se bombeaba por una línea para las perforadoras y el ambiente mejoró mucho”.

Las pegas se componían de 20 ó 25 barrenos, raras veces más de 30. “Lo que pidiera el frente”. Se disparaban con dinamita. Se ponía una mecha de distinta longitud en cada barreno para que salieran en el orden deseado. Juan precisa que “los barrenos se sacaban según lo favorable que el maquinista veía los desgajes para que soltasen más zafra, desgajes de arriba o en anchura”. A veces, uno o dos zafreros ayudaban al cargador para dar el disparo pronto. Isidoro recuerda el momento de la pega: “cuando el disparo se había terminado de cargar, se tocaba una cuerna de bronce y nos salíamos todo el mundo para afuera a refugiarnos”.

Cuando salían los humos, los primeros en entrar eran los facultativos e inspeccionaban el resultado de la pega. Después, los zafreros saneaban el tajo. “Antes de agacharnos a zafrear, íbamos tocando. Si había que echar veinte minutos o media hora para asegurar, se hacía”. Las herramientas del zafrero eran la paila, una especie de chapa metálica que se empleaba para recoger los finos, y el rodo con el cabo de hierro. Las piedras las recogían con las manos.

Cuando se trabajaba en los pisos por debajo del 12, los zafreros llevaban la vagoneta hasta el contrapozo, cogían la vacía y enganchaban la llena. En el 12 piso, un corredor se encargaba de llevar las vagonetas hasta el embarque del pozo general. Esa era la maniobra: echaban las compuertas al pozo, sacaban la vagoneta vacía a un desvío y metían la llena. La vagoneta se colocaba entre los dos cables guía que se pasaban por dos argollas. Mediante un sencillo mecanismo, se desmontaba el cajón o carrula del carretón o cangrejo. La carrula se enganchaba al cable de extracción y se izaba. Al llegar al primer piso, se cerraban los portalones. Allí había un carretón esperando la carrula llena. Otra vacía sustituía a ésta y regresaba al interior de la mina. Las maniobras se indicaban al winchista mediante toques de campana: tres para subir, cuatro para bajar.

La vagoneta salía por la vía hacia la plaza de escogido, un llano con un techo de uralita donde 8 mujeres separaban la piedra mala del mineral y dividían éste en lotes según su clase, indicativa de la ley. Crisanto comenta que esta era una labor de mucha responsabilidad que necesitaba conocer bien la zafra: “a las mujeres que se colocaban en la empresa les ponían a trabajar junto a una veterana para que aprendieran a diferenciar la piedra mala y las clases de mineral por su color”. En sus ratos libres, las mujeres cuidaban de los jardines de las oficinas.

Los mineros nos cuentan que era una mina bien equipada y bastante segura. Tenían teléfono en el interior y las galerías estaban bien alumbradas. A pesar de eso, llevaban un foco por seguridad, pero siempre apagado. El carburo lo suministraba la empresa. Disponían de un botiquín y en los casos de mayor gravedad, trasladaban a los heridos a la casa de socorro de Nerva. Los accidentes más frecuentes eran cortes en las manos al zafrear: “nos daban guantes y nos los hacían poner. Se dice que un gato con guantes no caza ¡y qué verdad es! Nosotros íbamos a manos libres. Había veces que siempre tenía uno todas las manos cortadas”. En cierta ocasión un barrenista resultó herido leve al salir un resto de explosivo en un culo de barreno. No conocieron ningún accidente mortal.

El propio Isidoro sufrió un accidente que pudo ser grave. El pozo general no estaba autorizado para la circulación de personal. Para moverse entre pisos, debían utilizar unas rampas y pocillos con escalas de hierro. “Las de arriba estaban más secas y siempre las estaban recorriendo y poniéndolas nuevas”. Pero cuando aparecía el agua, “algunas escalas se zamarreaban mucho y resbalaban, estaban siempre chorreando”. Además, el recorrido a pié era largo y se perdía tiempo. Por eso los operarios solían utilizar el pozo habitualmente.

Cuenta Isidoro que un día “ya habíamos terminado nuestra peonada. Veníamos tres sentados en la carrula, un corredor y yo en los extremos y mi compañero de zafreo en el medio. Yo estaba con el brazo extendido para tirar del toque. Vimos unas piedras que venían el pozo abajo dando en los costaos. El winchista, Miguel de Nerva, no llegó a tirar de la cuba porque las vio caer. Si llega a moverla, allí nos quedamos. Al corredor la piedra le hundió el casco y le rajó la cabeza. Perdió dos o tres dedos de una mano. Estuvo 8 ó 10 meses de baja y luego volvió al trabajo. A mí me dio en el brazo que tenía estirado y me cortó el tendón de un dedo. Y sin embargo, a mi compañero que iba en el medio no le pasó nada. Cuando el winchista vio que ya habían caído las piedras tiró despacito para arriba y nos sacó de allí”.

La piedra era sana y fuerte. No necesitaba entibación. Isidoro refiere un caso singular: “en los años que me llevé allí tan sólo conocí un desplome grande, en el piso 15. Gracias a Dios no cogió a nadie. Los únicos que podíamos haber estado allí dentro éramos nosotros pero ya habíamos salido porque acabamos temprano. Aquel día tampoco se iba a poner vía porque el tajo quedaba muy cerca para zafrear a la vagoneta. Cuando entramos por la mañana, nos encontramos toda la galería taponada. Avisamos al encargado y este llamó a los facultativos (…). Según ellos fue una bolsa de agua que reventó por presión. La galería estaba llena de agua y de escombros. Para quitar el escombro nos llevamos zafreando por lo menos seis días. En algunos sitios había un metro de agua y las bombas no pararon mientras trabajamos allí”.

Precisamente el agua era el mayor problema. Pepito era una mina húmeda y fría por la cantidad de filtraciones. En el piso 15 eran muy abundantes: “las bombas no daban abasto. El agua era cristalina, hasta se podía beber. En algunos sitios trabajamos con tanta agua que nos entraba en las botas de goma por arriba. Una vez nos trajeron unas botas altas que eran muy incómodas para zafrear porque cuando nos agachábamos se clavaban en las ingles”. El desagüe se hacía con rebombeos piso a piso hasta la caldera del pozo en el 12. Allí había una bomba grande que impulsaba el agua directamente hasta la calle.

La minilla cerró en 1967. El último mineral se sacó en el piso 16. Isidoro vivió el cierre en persona: “el tabacao se llevó un año que no lo dejaban caer. Y de golpe un día nos dijo el facultativo que en un mes o dos se cerraba la mina porque el mineral ya no tenía salida”. Cree que “allí quedó bastante mineral. (…) Del 16 para abajo no se sabe lo que hay [porque] se trabajaba siguiendo las vetas, sin sondear. En la última peonada que eché se quedó un frente de tabacao precioso”. La mayoría de los trabajadores se colocaron en Riotinto o Peña de Hierro. Otros dejaron la minería y regresaron a las faenas del campo o a la construcción.
Pocos años después la piedra de los vacies se cargó y se molió para utilizarla en los arreglos de carreteras como la de Nerva a La Granada. (...)

jueves, 12 de agosto de 2010

Cuando las piedras hablan: memoria de los mineros del manganeso en Nerva (1940 – 1971) (Por Francisco Alcázar e Ivan Carrasco)

-Primera Parte-

Visitar una antigua mina acompañados por personas que trabajaron allí supone una oportunidad única. Sus ojos no ven sólo ruinas. En seguida comienzan a compartir recuerdos y anécdotas. También aportan datos técnicos o dan detalles sobre su trabajo que de otro modo se perderían para siempre. Al acompañar a estas personas, se tiene la sensación de que por una vez, en contra del conocido dicho, las piedras nos hablan. La memoria oral es un complemento imprescindible para la historia custodiada en los archivos. Muy poco se ha escrito sobre la minería del manganeso. Al celebrarse los 125 años del municipio de Nerva, los autores consideran oportuno este trabajo en el que se revisa este capítulo de nuestra historia.

UNA BREVE INTRODUCCIÓN A LA MINERÍA DEL MANGANESO
En el término de Nerva existen cuatro yacimientos de manganeso: El Higueral, Portalegre, Peña del Águila y Pepito. Siendo realistas, sólo la última fue una verdadera mina, siendo los otros indicios con poca o nula importancia industrial. Pero todos ellos tienen su historia.
Al finalizar la Guerra Civil, España quedó aislada internacionalmente. La recuperación económica pasaba por reconstruir la industria nacional fomentando el aprovechamiento de los recursos propios. Persiguiendo este objetivo, en 1941 se creó el Consejo Ordenador de Minerales Estratégicos y de Interés Militar (COMEIM). Debido a sus aplicaciones, el manganeso entró de lleno entre las competencias del COMEIM.

Entre 1941 y 1959 las ayudas del COMEIM incentivaron la apertura de muchas explotaciones. El organismo actuaba de intermediario entre los mineros y las fundiciones, fijando los precios y las leyes mínimas del mineral. Comenzó admitiendo partidas con más del 30% en manganeso y menos del 30% en sílice. En años sucesivos fueron subiendo el listón y algunas minas cerraron a consecuencia del agotamiento de las bolsadas más ricas.

La mayoría de las minas onubenses permanecían cerradas desde la década de 1920 pues ya habían agotado las zonas más ricas de minerales oxidados. La política del COMEIM permitió que muchas reabrieran en manos de empresarios locales para explotar los minerales abandonados en etapas anteriores como estéril.

EL CORTIJO DE DON MELCHOR
El cortijo de Don Melchor. Foto: P. Alcázar/ I.Carrasco










Uno de estos empresarios fue D. Melchor Salaya Herranz que en la década de 1930 se afincó en esta zona. Vivía en el cortijo Villa Emilia, llamado así en honor de su mujer. Estaba junto a la vía de la Peña, muy cerca del apeadero de El Peralejo. El matrimonio es recordado con gratitud: en los meses que siguieron a la caída de la zona en manos de las tropas franquistas, D. Melchor utilizó su posición como autoridad provisional para salvar de la represión a muchos vecinos de El Peralejo y La Aulaga.

Las ruinas reflejan el esplendor de mejores tiempos. Las dependencias se disponían en torno a un patio central empedrado. En una esquina estaba la capilla y había un jardín con una fuente frente a la fachada principal. Tenía luz eléctrica y el agua venía por su peso desde la mina del Coto Vicario. Aún se conserva el tentadero donde torearon prometedores figuras de la lidia como Antonio Ordóñez, El Litri y Chamaco.

D. Melchor era facultativo de minas y administraba sus negocios desde allí. Fue contratista en la cantera de la Compañía de Río Tinto que está enfrente de talleres, donde sacaba piedra para los rellenos de contramina y otros usos. Trabajó en distintas minas de manganeso por la zona de Sotiel, en La Aulaga (Peñas Altas) y la que a nosotros nos interesa: El Higueral en Nerva.

Esta mina está situada en el límite de la provincia, en la margen derecha del pantano viejo del Jarrama. El cerro donde se encuentra está coronado por el característico crestón de jaspe o piedra careta, indicio de la proximidad de un yacimiento de manganeso. El antiguo ferrocarril de la Peña a Minas del Castillo pasa junto a la mina y atraviesa la Ribera por el majestuoso puente de mampostería. El Higueral fue una de las primeras minas que se benefició de las ayudas del COMEIM. Comenzó a producir en 1943 y ese mismo año se electrificaron sus labores. Las instalaciones eran simples: un cuarto para el capataz, la casa de los compresores y algunas viviendas para los obreros.

Panorámica de la mina El Higueral. A la izqda. el puente del FC. de la Peña. El cerro de la mina del centro, en el que se observa un filón de mineral vaciado, el afloramiento de jaspe y el vacie maestro. A la dcha., el pantano viejo de la ribera de Jarama.

Tuvo un contrapozo y dos pisos de investigación, todos en mineral. En otra zona aparecían los carbonatos: el hueco de un filón vaciado queda como mudo testimonio. El mineral se arrancaba con explosivos. Don Melchor compraba las barrenas viejas a la Peña de Hierro para afilarlas y utilizarlas en allí y en la cercana mina de Peñas Altas. La zafra salía cruda y pasaba por una plaza de escogido donde las escogedoras separaban el mineral del estéril.

El mineral se almacenaba en unas piqueras de tablas junto a la vía. Una o dos veces por semana llegaba un tren y todos los mineros iban a la carga del manganeso, parando el resto de labores. El convoy se detenía el tiempo justo para cargar un vagón. Un poco más adelante, en Peñas Altas, volvía a detenerse y se repetía la operación. Con 8 años, Juan Gómez solía acarrear con su burro cepas de jara hasta el apartadero. Algunas noches, arrimaba zafra desde el socavón hasta la plaza de escogido y mineral seleccionado desde allí hasta la vía, donde siempre había vagones dispuestos para que los hombres fueran cargándolos.

El Higueral resultó ser una mina decepcionante. En los pocos años que estuvo en actividad se embarcaron unos cientos de toneladas con alrededor del 39% de manganeso y 24% de sílice. Pero aquí no acaba la historia de esta mina y volveremos a ella al final del artículo. (...)

miércoles, 11 de agosto de 2010

El tren turístico de Riotinto, en El Mundo El Caminante

"Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar."
A. Machado.

Estos versos de Machado parecen ser los que guían al suplemento de El Mundo, El Caminante, y no sólo por su mismo nombre. Y es que periódicamente en El Caminante se nos ofrecen interesantes propuestas y rutas para pasar nuestros ratos de ocio. Concretamente, el pasado día 6 de agosto pudimos ver entre sus propuestas para el mes de agosto algo muy nuestro, tal y como leíamos en la entradilla del artículo que firmaba Natalia Cano:

"Andalucía abre agosto con días de ocio y calor. En el mes de agosto, El Caminante propone viajar a un rincón idílico como la playa de Los Muertos, realizar una visita nocturna a la Mezquita de Córdoba, descubrir el mundo minero en tren o visualizar las lágrimas de San Lorenzo en El Torcal. (...)

martes, 10 de agosto de 2010

Colaboradores de La Factoría, en el Nervae'10

Como cada año, Nerva se engalana para las fiestas de agosto y ya está a la venta un número más de la revista Nervae. Entre las páginas de la edición de este año encontramos un interesante artículo sobre la minería del manganeso firmado por dos colaboradores de La Factoría, Paco Alcázar e Iván Carrasco: "Cuando las piedras hablan: memoria de los mineros del manganeso en Nerva (1940 – 1971)", es un trabajo inédito en el que se intercalan datos técnicos e históricos entre recuerdos y anécdotas de los mineros que trabajaron en las minas de manganeso y que aún hoy viven para contarlo. Aquí, en La Factoría lo ofrecemos en sucesivos post, no sin antes agradecer y felicitar a Paco e Iván por su encomiable trabajo y dedicación en pro de difundir la historia de nuestro patrimonio minero.

Foto: Portada del Nervae 2010. La Factoría.

viernes, 6 de agosto de 2010

¿Te acuerdas? El tren de la memoria

Hace 65 años un choque de trenes costó la vida a casi 200 personas en Torre del Bierzo, en León. Es el accidente ferroviario más grave de nuestra historia, pero sigue siendo un suceso casi desconocido, porque la censura franquista impuso su silencio y sepultó a las víctimas en el olvido.

jueves, 5 de agosto de 2010

Siempre está llorando el río (por Antonio Perejil Delay)

Foto: Riotinto Victorian house

E
sta agua minerales
que viajan sin descansar,
llorando su pena amarga
sobre un paisaje infernal;
me recuerda a los esclavos
de remota antigüedad,
que morían como animales
en la negra oscuridad
de las hondas contraminas:
Cuando la Roma imperial
acuñaba sus monedas
con el cobrizo metal
de las Minas de Riotinto,
y dominaba la mar
con su poderoso ejército
imposible de igualar.

Antonio PEREJIL DELAY: Romancero del río Tinto.