sábado, 14 de agosto de 2010

Cuando las piedras hablan: memoria de los mineros del manganeso en Nerva (1940 – 1971) (Por Francisco Alcázar e Ivan Carrasco)

- Segunda parte-

LOS SUEÑOS DE FORTUNA DE UN FABRICANTE DE CARAMELOS
A comienzos de los años 40, la pequeña aldea nervense de Portalegre vivió su particular “fiebre minera”. En esta aldea, limítrofe con La Chaparrita y Peña de Hierro, vivían 11 familias. Había un casino conocido por Pepe Salas donde todos los sábados se celebraban bailes con orquesta. No eran tan populares como los del casino de Peña de Hierro a cuyos bailes acudía público de toda la Cuenca Minera, pero en Portalegre se reunía personal de Peña de Hierro, La Chaparrita, Los Ventorros y a veces incluso de Nerva.

Lisardo Otero era el propietario de una fábrica de caramelos que estaba en la calleja con la que actualmente hace esquina el pub Malacate. Conocedor de que cerca de Portalegre había indicios de manganeso, decidió probar fortuna. Lleno de ilusiones, invirtió todos sus ahorros en demarcar las concesiones, compró equipo y materiales, contrató una cuadrilla de unos 10 hombres y comenzó las prospecciones en el afloramiento más próximo a la aldea. Hicieron dos pozos gemelos que a poca profundidad dieron con una pequeña bolsada de óxidos. Los ánimos se exaltaron ante una empresa que prometía ser rentable.

Manuel Domínguez, minero de la Peña, nos habla de Lisardo: “Mi mujer lo conocía mucho, porque vivía allí [en Portalegre]. Él le decía: – Luisilla, como tenga la suerte de coger algo te pongo la luz eléctrica –. Pero no tuvo suerte. Allí estuvieron escarbando, se les fue todo el dinero y no consiguieron nada”. Lisardo se gastó lo poco que tenía. Finalmente, volvió a su negocio de caramelos y jamás volvió a embarcarse en ninguna aventura minera.

LA MINILLA DE ANTONIO DOMÍNGUEZ











Panorámica de la mina Pepito. Los hornos y las instañaciones del exterior están a la derecha. Las labores subterráneas se extendían hacia la derecha de la fotografía, donde hay un pozo de investigación. Foto: P.Alcázar/ I. Carrasco.


A mediados de la década de 1940 apareció por Nerva un calañés llamado Manuel Cáceres interesado en visitar la minilla de Pepito. Había sido denunciada en 1907 como mina de hierro con el nombre de “San Bartolomé” y llegó a constituirse una empresa, la Sociedad Minera de Nerva que inició las labores. Pronto resultó obvio que la mena principal del yacimiento era el manganeso, a pesar de que el yacimiento no tenía el característico afloramiento de jaspe. La minilla fue pasando por diversas manos hasta que finalmente quedó abandonada.

Experto minero, Cáceres reconoció las antiguas labores y en seguida se dio cuenta de su potencial. Actuaba por cuenta de un empresario onubense que poseía otras explotaciones de manganeso en propiedad o en arrendamiento: D. Antonio Domínguez Roldán. Durante muchos años, Pepito suministró el mineral de mejor calidad de toda la provincia. Las producciones no bajaron de 3.000 t/año. Teniendo en cuenta que él era también dueño de Soloviejo y que entre las dos minas aportaban más de la mitad del tonelaje producido en Huelva anualmente, es fácil entender por qué a Antonio Domínguez se le dio el apelativo de “rey del manganeso”.

Se construyeron edificios para las oficinas, una fragua, la carpintería, almacenes y el calentador (las duchas). En 1945 se iniciaron los trabajos de preparación y la primera producción se declaró en 1946. A finales de 1949 se autorizó la electrificación de la mina y se construyó una caseta para el transformador junto al compresor en el punto en que el pozo general rompía a la superficie. Por allí entraba la alimentación de aire y electricidad a las labores subterráneas.

El mineral se presentaba en vetas o filones que a veces ensanchaban formando bolsadas. Las galerías se abrían siguiendo estas vetas, utilizando dinamita. Se produjeron tres clases de mineral nombradas según su color. El negrito (óxidos) era el más rico, pero también el más escaso. Apareció mayoritariamente en los tres primeros pisos. Según Juan Gómez, barrenista y cargador, “era tierno, como los terrones de azúcar pero en negro y tiznaba como el cisco. A veces traía agujillas de mineral muy brillantes. Ese mineral se lo llevaban en sacos. [De niño] en Peñas Altas también vi recogerlo en saquitos de lona. Creo que era para los aceros especiales”.

La segunda clase era el rosao (carbonatos). Isidoro Sánchez, zafrero, nos la describe: “la piedra era rosa, preciosa. Tenía como unos diamantes… pero con menos ley”. A veces también se presentaba con aspecto blanco y terroso: “cuando yo empecé era el que más se buscaba. Era muy tierno”. Fue el tipo de mineral más abundante: apareció entre los pisos 4 y 12 y fue el que dio justificada fama de riqueza a la mina.

El carbonato necesitaba ser transformado en óxido antes de venderlo. Para este fin, se construyeron cuatro hornos de calcinación que se pusieron en marcha en 1954. Estaban cubiertos con tierra y estéril hasta la cámara superior por uno de sus lados (el que miraba hacia la plaza de escogido). Debajo estaba la cámara de combustión. Por el lado opuesto estaban las piqueras para cargar los camiones.

Crisanto Fuentes, barrenista, trabajó en los hornos cuando no había faena en el interior. “El mineral se introducía por una de las puertas y se quemaba con cepas de jara. Un hombre se encargaba de cargar el horno, mientras una pareja transportaba la jara desde el acopio. La jara la llevaban allí gentes con bestias que la recogían por el campo para vendérsela a la mina. Entonces apenas había monte por aquí y tenían que ir por ella muy lejos”.

Los hornos de carbonatos son una instalación singular en la minería manganesífera onubense. En los dos que mejor se conservan, aún se aprecia la piquera de descarga del mineral calcinado. La fotografía está tomada del lado donde se situaban los camiones de transporte. Foto: P. Alcázar/ I. Carrasco


El calcinado, de aspecto ceniciento, se sacaba del horno, se dejaba enfriar y se depositaba en las piqueras. Después se cargaba en camiones Pegaso que lo llevaban a Huelva. Los hornos fueron reduciendo su actividad a medida que se agotaban los carbonatos. A partir de 1953 sólo se encendieron ocasionalmente para calcinar algún resto de carbonato.

A finales de los 50, la demanda del silicomanganeso por la siderurgia fue en aumento. Antonio Domínguez Roldán aprovechó la coyuntura para formar una nueva empresa con dos de sus clientes: Manganesos de Huelva, S.A. La sociedad se centró en la explotación de la tercera clase de mineral: el tabacao (silicatos). Así vivió Isidoro el cambio de negocio: “Vino gente que bajó a la mina (…) y tomaron muestras. Desde entonces fue el que más se buscó. No lo dejaban caer al suelo: en seguida que salía iba a los camiones, ¡y para Huelva!”. Era marrón chocolate y aparecía en “filos (filones) pequeños que se iban buscando. Llegaban a 8 ó 10 m y se cortaban. [Entonces] bajaban los facultativos y decidían hacia dónde seguir hasta dar otra vez con él”.

El socavón principal tiene unos 50 m hasta el pozo. Hacia la derecha sale una galería que se utilizó durante un tiempo como polvorín. Pero tuvo que trasladarse porque las filtraciones de agua estropeaban los explosivos. El pozo general tenía 120 m de profundidad y comunicaba los 12 pisos de la mina. Era de sección cuadrada, no estaba revestido y la cuba iba guiada por cables. En el piso 12 había un contrapozo que conectaba con los pisos 14, 15 y 16 que se abrieron en la etapa de Manganesos de Huelva.

En la minilla trabajaba poca gente. En los mejores tiempos fueron unos 60, aunque después el número de obreros bajó hasta 40 y con el cambio de empresa, la plantilla osciló entre 20 y 30 trabajadores. En cada relevo había un winchista a cargo del pozo general y otro del contrapozo, una o dos parejas de zafreros, un corredor que llevaba las vagonetas desde el contrapozo hasta el pozo general, un barrenista, un cargador, vieros, rellenadores, entibadores, eléctricos, mecánicos, bomberos y el personal del exterior, las escogedoras y la gente de los hornos. Los tuberos venían de Soloviejo cuando eran necesarios. Había también un juramentado custodiando el polvorín y un administrativo. Cada relevo tenía un encargado.

El acceso a Pepito se realizaba por un socavón que llegaba hasta el embarque del pozo general. Las labores están inundadas en la actualidad. Foto: P. Alcázar / I. Carrasco.


La minilla también tuvo un aguador: un anciano con un burro y cuatro barriles que acarreaba agua de las fuentes de la zona hasta un depósito situado cerca del socavón, donde los mineros llenaban los barrilillos o las cantimploras que se llevaban al tajo.

En un principio la mina la llevaba el capataz Manuel Cáceres. Más tarde se incorporaron facultativos como D. Juan Flores, D. Domingo Sánchez o D. Juan Díaz y se hicieron cargo del interior, quedando el capataz sólo a cargo de los trabajos del exterior. En el relevo de la mañana se zafreaba, se barrenaba y se disparaban las pegas. A veces también se rellenaba, aunque eso se intentaba dejar para la tarde para evitar conflictos entre los rellenadores y los zafreros, pues ambos necesitaban hacer uso del pozo para transportar el mineral o la piedra.

Por las tardes era el turno de los rellenadores: transportaban la piedra mala en vagonetas para rellenar los huecos en los realces donde se había sacado todo el mineral. La parte alta de las galerías se terminaba de rellenar paleando a mano. De tarde se solía barrenar y disparar para que no faltara zafra para empezar el relevo de la mañana. También se ponían las vías para las vagonetas. De noche sólo quedaban los bomberos al cuidado de las bombas de desagüe.

El relevo de la mañana era de 7:00 a 15:00. Isidoro vivía en La Uceta, a unos 5 Km. de la mina. Todos los días iba y venía por la vía de la Peña. “Por las mañanas tenías que levantarte a las cinco y media y coger esa vía arriba para estar bajando a las siete”. La tarea de la pareja eran 60 vagonetas (unas 30 toneladas). “Si terminábamos antes, podíamos echar de 6 a 12 vagonetas más que nos pagaban a un precio especial”. Las deshoras se pagaban aparte. “Cuando sacábamos el tabacao no nos dejaban ni rascarnos las pulgas. Era más duro y cortaba mucho (…).Teníamos que echar 1 ó 2 horas más de la peonada”. Se trabajaba también los sábados, aunque en los últimos años esto sólo se hizo ocasionalmente.

El arranque se hacía con explosivos. Los barrenistas como Crisanto se encargaban de perforar las pegas, “primero con martillos pequeños, apoyándolos sobre los muslos. Al principio dolía, pero con el tiempo la piel se encallecía y ya no se notaba. Más tarde utilizamos perforadoras con pié de avance que hacían el trabajo más llevadero. El terreno era muy duro. Sonaba como el hierro al perforar”. El principal problema era el polvo, sobre todo al principio que se perforaba en seco. A raíz de una inspección de Jefatura de Minas, “se derivó parte del agua que se bombeaba por una línea para las perforadoras y el ambiente mejoró mucho”.

Las pegas se componían de 20 ó 25 barrenos, raras veces más de 30. “Lo que pidiera el frente”. Se disparaban con dinamita. Se ponía una mecha de distinta longitud en cada barreno para que salieran en el orden deseado. Juan precisa que “los barrenos se sacaban según lo favorable que el maquinista veía los desgajes para que soltasen más zafra, desgajes de arriba o en anchura”. A veces, uno o dos zafreros ayudaban al cargador para dar el disparo pronto. Isidoro recuerda el momento de la pega: “cuando el disparo se había terminado de cargar, se tocaba una cuerna de bronce y nos salíamos todo el mundo para afuera a refugiarnos”.

Cuando salían los humos, los primeros en entrar eran los facultativos e inspeccionaban el resultado de la pega. Después, los zafreros saneaban el tajo. “Antes de agacharnos a zafrear, íbamos tocando. Si había que echar veinte minutos o media hora para asegurar, se hacía”. Las herramientas del zafrero eran la paila, una especie de chapa metálica que se empleaba para recoger los finos, y el rodo con el cabo de hierro. Las piedras las recogían con las manos.

Cuando se trabajaba en los pisos por debajo del 12, los zafreros llevaban la vagoneta hasta el contrapozo, cogían la vacía y enganchaban la llena. En el 12 piso, un corredor se encargaba de llevar las vagonetas hasta el embarque del pozo general. Esa era la maniobra: echaban las compuertas al pozo, sacaban la vagoneta vacía a un desvío y metían la llena. La vagoneta se colocaba entre los dos cables guía que se pasaban por dos argollas. Mediante un sencillo mecanismo, se desmontaba el cajón o carrula del carretón o cangrejo. La carrula se enganchaba al cable de extracción y se izaba. Al llegar al primer piso, se cerraban los portalones. Allí había un carretón esperando la carrula llena. Otra vacía sustituía a ésta y regresaba al interior de la mina. Las maniobras se indicaban al winchista mediante toques de campana: tres para subir, cuatro para bajar.

La vagoneta salía por la vía hacia la plaza de escogido, un llano con un techo de uralita donde 8 mujeres separaban la piedra mala del mineral y dividían éste en lotes según su clase, indicativa de la ley. Crisanto comenta que esta era una labor de mucha responsabilidad que necesitaba conocer bien la zafra: “a las mujeres que se colocaban en la empresa les ponían a trabajar junto a una veterana para que aprendieran a diferenciar la piedra mala y las clases de mineral por su color”. En sus ratos libres, las mujeres cuidaban de los jardines de las oficinas.

Los mineros nos cuentan que era una mina bien equipada y bastante segura. Tenían teléfono en el interior y las galerías estaban bien alumbradas. A pesar de eso, llevaban un foco por seguridad, pero siempre apagado. El carburo lo suministraba la empresa. Disponían de un botiquín y en los casos de mayor gravedad, trasladaban a los heridos a la casa de socorro de Nerva. Los accidentes más frecuentes eran cortes en las manos al zafrear: “nos daban guantes y nos los hacían poner. Se dice que un gato con guantes no caza ¡y qué verdad es! Nosotros íbamos a manos libres. Había veces que siempre tenía uno todas las manos cortadas”. En cierta ocasión un barrenista resultó herido leve al salir un resto de explosivo en un culo de barreno. No conocieron ningún accidente mortal.

El propio Isidoro sufrió un accidente que pudo ser grave. El pozo general no estaba autorizado para la circulación de personal. Para moverse entre pisos, debían utilizar unas rampas y pocillos con escalas de hierro. “Las de arriba estaban más secas y siempre las estaban recorriendo y poniéndolas nuevas”. Pero cuando aparecía el agua, “algunas escalas se zamarreaban mucho y resbalaban, estaban siempre chorreando”. Además, el recorrido a pié era largo y se perdía tiempo. Por eso los operarios solían utilizar el pozo habitualmente.

Cuenta Isidoro que un día “ya habíamos terminado nuestra peonada. Veníamos tres sentados en la carrula, un corredor y yo en los extremos y mi compañero de zafreo en el medio. Yo estaba con el brazo extendido para tirar del toque. Vimos unas piedras que venían el pozo abajo dando en los costaos. El winchista, Miguel de Nerva, no llegó a tirar de la cuba porque las vio caer. Si llega a moverla, allí nos quedamos. Al corredor la piedra le hundió el casco y le rajó la cabeza. Perdió dos o tres dedos de una mano. Estuvo 8 ó 10 meses de baja y luego volvió al trabajo. A mí me dio en el brazo que tenía estirado y me cortó el tendón de un dedo. Y sin embargo, a mi compañero que iba en el medio no le pasó nada. Cuando el winchista vio que ya habían caído las piedras tiró despacito para arriba y nos sacó de allí”.

La piedra era sana y fuerte. No necesitaba entibación. Isidoro refiere un caso singular: “en los años que me llevé allí tan sólo conocí un desplome grande, en el piso 15. Gracias a Dios no cogió a nadie. Los únicos que podíamos haber estado allí dentro éramos nosotros pero ya habíamos salido porque acabamos temprano. Aquel día tampoco se iba a poner vía porque el tajo quedaba muy cerca para zafrear a la vagoneta. Cuando entramos por la mañana, nos encontramos toda la galería taponada. Avisamos al encargado y este llamó a los facultativos (…). Según ellos fue una bolsa de agua que reventó por presión. La galería estaba llena de agua y de escombros. Para quitar el escombro nos llevamos zafreando por lo menos seis días. En algunos sitios había un metro de agua y las bombas no pararon mientras trabajamos allí”.

Precisamente el agua era el mayor problema. Pepito era una mina húmeda y fría por la cantidad de filtraciones. En el piso 15 eran muy abundantes: “las bombas no daban abasto. El agua era cristalina, hasta se podía beber. En algunos sitios trabajamos con tanta agua que nos entraba en las botas de goma por arriba. Una vez nos trajeron unas botas altas que eran muy incómodas para zafrear porque cuando nos agachábamos se clavaban en las ingles”. El desagüe se hacía con rebombeos piso a piso hasta la caldera del pozo en el 12. Allí había una bomba grande que impulsaba el agua directamente hasta la calle.

La minilla cerró en 1967. El último mineral se sacó en el piso 16. Isidoro vivió el cierre en persona: “el tabacao se llevó un año que no lo dejaban caer. Y de golpe un día nos dijo el facultativo que en un mes o dos se cerraba la mina porque el mineral ya no tenía salida”. Cree que “allí quedó bastante mineral. (…) Del 16 para abajo no se sabe lo que hay [porque] se trabajaba siguiendo las vetas, sin sondear. En la última peonada que eché se quedó un frente de tabacao precioso”. La mayoría de los trabajadores se colocaron en Riotinto o Peña de Hierro. Otros dejaron la minería y regresaron a las faenas del campo o a la construcción.
Pocos años después la piedra de los vacies se cargó y se molió para utilizarla en los arreglos de carreteras como la de Nerva a La Granada. (...)

1 comentario:

Jose Luis dijo...

Precioso artículo, es un lujo poder contar con todo esto, muchas gracias a ambos.
Saludos.
J.l.Carrizo
onuba57@hotmail.com