lunes, 4 de octubre de 2010

Nerva del río Tinto. Villa de la libertad. NOMBRES PARA UN PUEBLO (I). Por J.C. León Brázquez.

“Esta Aldea está situada en el intermedio y a las orillas de Riotinto, de donde se infiere que tomó nombre esta Aldea, y del arrollo llamado de Santa María, que ambos nacen a la parte Norte: Aquel (cuyas aguas son tinturadas y agrias porque su origen es de la Sierra Mineral de Cobre, que dista de esta Aldea un cuarto de legua) pasan sus corrientes a la derecha de esta población al medio día, medio quarto de legua. El expresado Riotinto tiene un puente de piedra, que es el paso de los vecinos de esta aldea para las Reales Minas”.

( Antonio Domínguez Cavallero, párroco de la Aldea de Ríotinto (Nerva), quien el 2 de julio de 1786 remitía la información a Don Tomás López de Vargas Machuca, geógrafo de Carlos III, para la declaración Geográfica Monumental de España.)

Vista de Nerva, 2009. Foto: J.C León Brázquez

Me llamo Nerva, mi último nombre aunque he tenido otros, y ya les explicaré porqué. Pero la historia ha ido dejando rastros de una identidad nacida desde el megalítico y que como mi río rojo lleva rasguños mestizos de pueblos y civilizaciones que se detuvieron en mi ribera tinteña. Escarbar la tierra es desde tiempos infinitos mi máximo signo de identidad, como pueden comprobar a solo 4 kilómetros de mi centro urbano, en el yacimiento de “La Lancha”, en la Sierra de la Grana. Allí mis primeros pobladores del megalítico dejaron puntas de flechas y cerámicas.

Siempre convine a quienes por aquí se acercaban, porque al pisar esta tierra pronto comprobaban sus riquezas y se esforzaban en perfecionar el arte de extraer minerales. La colina de La Parrita es testimonio de una edad a la que llamaron del Bronce, pero a la que debe sumarse la plata. Conozco a mis primeros muertos porque estuvieron enterrados precisamente ahí, en “La Parrita”, en la Barriada de El Ventoso. No existe en toda la zona tumbas tan antiguas como las mías.

Así que háblenme ustedes de Historia, con mayúsculas. Solo quiero recordarles cómo viajeros llegados del Oriente venían buscando mis entrañas. Tartesias fueron estas tierras y aunque no hayáis visto aún huellas de ello en mi término, ni yo pueda adelantarles nada, ahí enfrente en el Cerro Salomón, testigo altanero desmontado tras siglos de llanto, tuvieron ustedes constancia de su presencia, como poco después lo hicieron sus aliados fenicios, cuyos restos ya vieron en el cerro de las “Tres Águilas”. Aquel oro y la plata adormecida que adornaban mi contorno se lo llevaron por el Mare Nostrum transfiriendo la primera internacionalización de nuestra tierra y haciendo grande a ciudades como Gadir (Cádiz), límite del mundo entonces conocido y puerta hacia lo desconocido. El secreto tartesio-fenicio fue vital para que no husmearan por aquí más de la cuenta otros pueblos rastreadores de riquezas. ¡Pobre Argantonio! Qué poco tardarían en conocer las consecuencias y expansión del primer gran imperio occidental que en el mundo ha sido. Diodoro nos contaba que los cartagineses habían puesto en marcha muchas explotaciones mineras en el sureste peninsular, pero tan mineros ellos, francamente, yo no los vi por aquí, aunque sí pronto llegarían sus grandes enemigos romanos que no perdieron la oportunidad de avecindarse. Itálica y Mérida las tenían a tiro de piedra, si bien no les importó ni a unos ni a otros la distancia, porque el interés, como siempre, estaba en mis minerales y la pista de su evidente existencia la mostraba orgullosamente el color de nuestro río, al que cada día desde hace milenios veo brotar y eso que no siempre lo llamaron Tinto.

Nacimiento exacto del río Tinto. Foto: J. Márquez Trigo.

Fue inicialmente Ibero, así como Luxia el Odiel, pero los romanos le cambiaron el nombre y lo llamaron Urium y los moros Saquia y Azequia. Pero su mineralizada condición colorada lo determinó, quizá para siempre, como Tinto, un tímido regato al que nuestro Jarrama llena de agua tiñéndose también rojizo en su hermanamiento viajero hacia el mar. Ellos, los romanos, ya sabían que el color de mi Tinto era de tanto llorar sangre mineralizada bajo tierra. Tan duro el trabajo de la mina que aquel imperio romano impuso que solo esclavos y convictos fueran los que bajaran a la agobiante oscuridad interior de las galerías. Ser condenado a remar en galeras ya era una gran desgracia, pero ser condenado a trabajar en la mina (damnati ad metalla) era vislumbrar una vida extremadamente corta. Quien en mis galerias entraban condenados difícilmente verían nunca más la luz del sol. Trabajar para una minoría de privilegiados nos puso en la senda de lo que la historia de los hombres nos iba a deparar en centurias venideras.

Aún no había nacido Jesucristo y ya estaban aquí los romanos, como en Palestina. Y no crean que no les gustó mi río, no; muy al contrario, porque por aquí se quedaron varios siglos. Claro que mis hijos turdetanos, aquellos descendientes de los Tartessos, a pesar de secretear con el misterio minero, no tuvieron más remedio que aceptar la nueva presencia romana y evitar problemas con los nuevos vecinos. Dos pueblos cultos que se entendieron rápidamente en aquellos tiempos tan remotos.

Reproducción de mina romana, Museo Minero de Riotinto. Foto: flickr.com

Los romanos sabían bien lo que hacían extrayendo plata y cobre, les daban riqueza y poder, y tan a gusto estaban por aquí que nuestros barrios y montes fueron testigos de aquellos asentamientos. Fuente El Ventoso, Cerro Moro o Padre Caro testimonian su presencia, y si vivieron murieron y por aquí se quedaron, porque en la eternidad siempre creyeron los hombres, pero por si acaso ahí en Marismilla dejaron restos de su actividad y hasta una necrópolis, así como en la Sierra del Padre Caro, donde también quedaron restos de su presencia.

Construyeron sus casas, cementerios y caminos y si algún rastro más nos habla de su interés en las explotaciones mineras y metalúrgicas es esa masa de más de quince millones de toneladas de escorias que aún cuelgan en algunos “vacies”. Tantos desperdicios no significan hoy más que la prueba de que en siglos se llevaron hacia Roma un buen trozo de nuestra tierra. ¿Cuántas romanas no se adornaron con abalorios de nuestra plata? Tan es así que la calzada romana de Onoba (Huelva) a Emérita Augusta (Mérida), que después los árabes bautizarían como vía Balath (pavimento, empedrado) y de ahí surgiría la que hoy conocemos como Vía de la Plata, aquella que del puerto de Cartaya pasaba por Jlipa (Niebla) y llegaba hasta mí para adentrarse en la Sierra al cruce de Aracena en donde se bifurcaba a Hispalis (Sevilla) y Gades (Cádiz) o bien subía hasta Zafra y Mérida para seguir hasta tierras de Asturias y Galicia.

No se agotó el mineral no lo crean, pero los romanos desaparecieron y fueron otros pueblos los que aquí se asentaron. Dicen por ahí que existen pocos rastros árabes, pero lo cierto es que también estuvieron por aquí, como en todo Al-Andalus y algún resto de los hijos del Califato de Córdoba sí quedó en el Cerro Salomón. La verdad es que extrañamente no se interesaron mucho por los minerales, pero les gustaban los colores del acije y la caparrosa de nuestra tierra y los utilizaron para teñir sus vestidos. Parece que la moda nos debe mucho, no solo por las sortijas romanas sino por estos colores vistosos de sus trajes.

Dormir algún tiempo en la historia fue todo un alivio. Guerras y luchas y un imperio por construir a partir de una nueva nación. Ya Felipe II oyó de mis riquezas y mandó a Don Francisco de Mendoza que nos visitase, pero pobre hombre se perdió la grandiosidad de nuestros colores al delegar la visita en el clérigo Don Diego Delgado y en Pedro Aguilar, quienes estuvieron en lo que fue mi primer nombre conocido, Nuestra Señora de Río Tinto, del concejo de Zalamea la Real, un pequeño asentamiento minero “a poco más de un cuarto de legua a las cuevas y pozos que los antiguos hicieron (…) Fuimos a ver otra cueva, la cual estaba llena de agua y salía de debajo de ella un río, el cual se dice Río Tinto; la causa por qué nace por veneros de caparrosa (sal compuesta de ácido sulfúrico y de cobre o hierro, también se llama acije y se utiliza en medicina y tintorería) ….Acá no sabían qué era la causa por qué este río iba teñido, hasta que se lo di a sentir y conocer cómo nacía por veneros de caparrosa, aunque hay otro secreto en ello, lo cual no daré porque le guardé; y como le veían y ver ir este río teñido, no se dice de otra manera sino Rio-Tinto”

Ya ven de fuera vendrán y nos enseñarán. Al menos, aquellos señores ya supieron de mis primeras casas y en ellas se cobijaron, y guardaron para siempre mi nombre, aunque ya en 1599, al año siguiente de la muerte de Felipe II, testimonian que se me conocía como Aldea de Riotinto, con parroquia reconocida y con Patrón San Bartolomé. Para 1726 nadie duda de que ya llevara el nombre de mi río y para entonces me habitaban hasta 80 vecinos. “Del monte –decía entonces Roberto Shee en escrito a la Compañía de Minas- sale por las dos partes que miran al norte y al mediodía el agua vitriólica, y por lo que tiñe de piedras por donde pasa llaman Río Tinto, el mismo nombre que tiene un pueblo, o aldea de hasta 80 vecinos (…) La Aldea llamada Río Tinto está contigua e inmediata a dicho monte que sigue en grande altura una larga cordillera, y consta, que en su origen estaba unida, pero que los romanos y cartaginenses la rompieron para hacer carril, o camino carretero, el cual se ve hoy por muchas partes, y que seguían hasta el mar océano donde se embarcaban los metales que sacaban de estas minas” .

¿Alguien duda de que mi río y mi primer nombre siempre estuvieran unidos hasta que otro pueblo cercano adoptó el nombre de mi río y yo opté por el de Villa de la Libertad? Hace unos años escuché a Antonio Rojas Bolaños, tan valiente él y al que tanto le debo, decir que aquel cambio de mi nombre fue un error. No lo sé, porque los hombres que me habitaron siempre lucharon por el bien supremo del ser humano, como Antonio. Pero no nos adelantemos en el tiempo, porque aún quedan otros ilustres nombres que por aquí pasaron tratando de reactivar la minería: Liebert Wolters, Samuel Tiquet o Francisco Thomas Sanz. Siendo este último asentista de las minas, el 31 de julio de 1762, se descubrió en la galería San Carlos, nombre en honor a Carlos III, muy cerca de mí, cuando aun me llamaba Aldea de Río Tinto, una placa romana en cobre con referencias al Emperador Nerva. Algo que traería consecuencias importantes en el devenir del tiempo.

De aquella placa pueden ver una reproducción en la entrada de nuestro Ayuntamiento, con la inscripción “IMP. NERVAE. CAESARI. AVG: PONTIFICI. MAXIMO. TR. …OSTEST. P.P. COS. III G. III PVDENS. AVG. LIB PROCVRATOR…VO POSVIT”, o en nuestro lenguaje de hoy, “Al Emperador Nerva. César Augusto Pontífice Máximo. Investido de los poderes tribuno. Padre de la Patria. Tres veces cónsul y designado por cuarta vez Pudens Libre Augusto. Procurador. Erigió por su propia cuenta”. Un emperador que hizo próspera a Roma en uno de los inusuales periodos de Paz. (...)

Réplica de la placa romana hayada en 1762 en Nerva. Foto: Ayuntamiento de Nerva

CONTINUARÁ,...

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